Tan rápido vas,
 que siempre te toca esperar.
 Y cuando te detienes,
 nadie comprende tus pausas—
 incongruentes y largas.
Alcanzado y superado,
 vuelves al mundo,
 aparcas la crisis existencial
 y, con un nuevo suspiro,
 los dejas a todos atrás.
Pero esta vez fue distinto:
 tan lejos fuiste, tanto,
 que, aunque te detengas, lo sabes,
 lo único que te queda
 es escribir en soledad,
 porque nadie sabe
 cómo llegar a ningún lugar.